PÁGINAS DE LA IGLESIA Y ARTÍCULOS
sábado, 13 de abril de 2019
viernes, 12 de abril de 2019
domingo, 3 de marzo de 2019
Biblia, trabajo y capitalismo
Es muy significativo que San Pablo en su carta primera a los
Tesalonicenses 4:9-12 relacione el trabajo manual o el esfuerzo profesional con
carácter económico, con el amor fraternal. La situación de entonces, en la
comunidad cristiana de Tesalónica, no era como la nuestra en pleno siglo XXI.
El trabajo estaba subordinado a la venida inminente del Señor y muchos
cristianos, enfervorecidos e ingenuos, vivían ociosos a la caza de novedades e
impresiones emotivas. No trabajaban ni siquiera para comer.
ORBAYU AUTOR Manuel de León 22 DE NOVIEMBRE DE 2005
Por eso dice Pablo que “el que no trabaje que no coma” y
como ejemplo les dice a los de Éfeso que él, de ningún modo ha codiciado plata,
oro o vestidos, sino que como había dicho el Señor: “más felicidad hay en dar
que en recibir”. En el fondo, la cuestión del trabajo visto por Pablo, es que
no puede haber parásitos en el plano social comunitario pues el trabajo aporta
beneficios para todos. La llamada “utopía cristiana”, que más bien es una “idea
fuerza” que impulsa nuevos modos de vida basados en el amor fraternal y
solidaridad cristiana, es lo que el comunismo trató de imitar pero que no
logró. El socialismo científico no era tan científico en la práctica, y la
distribución de los beneficios del trabajo quedó en manos de unos pocos.
La
Reforma protestante y evangélica dio al trabajo un sentido más sagrado en
cuanto la voluntad de Dios era que el hombre ganase el pan con el sudor de su
frente. El puritanismo llegó a tener comunidades no solo de fraternidad sino
también de bienes que funcionaron muy bien durante muchos años y creó un
espíritu de solidaridad digno de imitar. Lo que Weber llamaría “espíritu del
capitalismo” no nace porque estas comunidades fuesen insolidarias y se
dedicasen a acumular capital, sino porque la acumulación de bienes que ese
espíritu austero y trabajador produce, no tiene una visión más allá de la
comunidad. Las comunidades puritanas suelen ser cerradas, que se conforman con
lo que Dios les da, sea mucho o poco. Pero, cuando es mucho el producto de su
trabajo, la acumulación de bienes se convierte en poder en vez de solidaridad
con otros necesitados.
En la edad media se mantuvo un desprecio por el trabajo,
que se adjudicaba a clases bajas y era visto como castigo o penitencia. El
siglo XIX tanto en Europa Occidental como en Estados Unidos se forma una moral
laboral, herencia luterana y calvinista sin duda, que considera al trabajo como
fuente de todo valor y posteriormente, la visión de la sociedad y del hombre
será la de un gran mercado. La postmodernidad ha seguido apoyando el triunfo
del capitalismo y ha creado un tipo de hombre enjaulado que solo vive para
trabajar y trabaja porque tiene que consumir. Se le pide al trabajador una
ética del trabajo, mientras poco a poco se le va sustituyendo por máquinas y
procesos de automatización, perdiendo valor el trabajo frente al capital. Es
decir, la riqueza social ya no de pende del trabajo sino de lo que algunos han
llamado “economía de casino” generada por la especulación del dinero.
Mientras
las grandes multinacionales explotan la mano de obra barata del tercer mundo y
se enriquecen, más de la mitad de la tierra perece de hambre y miseria. Miseria
que será un arma de poder para el control social y del trabajo. Es en este
mundo explotado y subyugado, y al que le venden la globalización como sinónimo
de progreso, trabajo y modernidad, con el que hay que solidarizarse y enseñar
el espíritu de la comunidad cristiana. Se ha dicho que la sociedad industrial
tenía como paradigma el trabajo. Pero ante esta pérdida de valor del trabajo
frente al capital y valores financieros, así como ante las máquinas, el hombre
posmoderno está abocado a que el paradigma, además del trabajo, sea el hombre
completo, no separado de otros mundos como la religión, la familia, el tiempo
libre o el estudio y siempre desde una concepción planetaria. Y sobre todo la
comunidad cristiana debería dar respuesta a la continua perversión del dinero,
a la visión de una sociedad fundada en el egoísmo radical, cuando la esencia del
cristianismo debería ser el amor en una comunidad de corazones y de bienes,
donde el sentido social estuviese apoyado en la justicia.
En el plano del
trabajo y la justicia social, el creyente no puede conformarse con reservar los
valores cristianos a la esfera de la familia o en el plano estrictamente
privado. La doble moral, una “para andar por casa” y otra para “vivir en el
mundo” que desarrolló el teólogo americano Reinhold Niebuhr no deja de ser un
pecado de la comunidad cristiana que no podrá tranquilizar la conciencia si
disculpa el poder del dinero, el lucro y todo el mundo económico insolidario.
Fe del carbonero y del francotirador
Me reúno en un conocido restaurante de Oviedo los sábados en
amena tertulia, con unos amigos católicos, buenos teólogos ellos y mejores
creyentes. Nos tomamos un café y hablamos de las cosas de Dios. El problema de
estas reuniones es el “definir” bien para saber de que estamos hablando. Alguno
de los contertulios define bien, pero como todas las definiciones, siempre hay
deficiencias. Ha ocurrido con el caso de la fe.
ORBAYU AUTOR Manuel de León 29 DE NOVIEMBRE DE 2005
No es fácil definir lo que es la “fe”, porque no estamos
hablando de un conjunto de normas, de preceptos eclesiales, ni siquiera de
formas de dar testimonio en público para afirmar que tienes fe. La fe es una
actitud integral del ser humano frente a Dios. Implica el arrebato de un
desesperado por cruzar el abismo existencial. Implica la contemplación de la
luz mas allá de las tinieblas de la noche fría de los muertos en delitos y
pecados. Pero implica el razonar, porque la fe no es ciega, no es placébica, ni
opiácea. Y también implica descansar activamente en los brazos de Dios.
Alguna
vez he contado la historia del alpinista del Aconcagua, que se preparó durante
toda su vida para conquistar la cima. Cuando solo quedaban unos metros para
coronarla, una tormenta y la noche fría se enfurecieron contra el conquistador
y este cayó al abismo en medio de las tinieblas. Se dice que en estos momentos
la vida entera pasa vertiginosamente y se acordó de Dios antes de estrellarse
contra la roca.
- ¡Dios sálvame! Exclamó En ese momento la cuerda le sujetó
bruscamente y quedó suspendido. Pero la noche fría y el hielo de la tormenta se
abalanzaban furiosamente y volvió a exclamar: - ¡Dios! ¿ que hago para
salvarme?
Y una voz le dijo, “Si quieres salvarte, corta la cuerda”.
La noticia
en los periódicos del día siguiente decía: Un alpinista ha muerto congelado
suspendido de una cuerda, a solo unos centímetros del suelo.
La faltó fe, pero
sobre todo le faltó razón, pues sabía que suspendido en medio de la tormenta
era una muerte segura. La fe, que es un don de Dios según Efesios, que no
depende del que quiere o del que corre, sino de Dios que tiene misericordia,
según nos dice Romanos, y que es evidencia clara de las cosas que se esperan y
que no se ven, según nos dice Hebreos, requiere valentía existencial,
compromiso de amor con quien nos ofrece salvación. Es lo que expresa la otra
anécdota siguiente:
“Se cuenta de un equilibrista que daba grandes
demostraciones de su habilidad, caminando sobre la cuerda a alturas muy
elevadas, sin la seguridad de una red. Un hombre llegó a oír de su fama, y le
invitó a dar una demostración en su ciudad. Se colocó la cuerda sobre unas caídas
de agua muy altas, y el equilibrista empezó a caminar, empujando una
carretilla. La gente reunida abajo miraba para ver si el hombre podría cruzar.
Cuando cruzó exitosamente, todos le dieron un aplauso -y luego lanzaron un
grito apagado al darse cuenta de que tenía los ojos vendados. Quitándose la
venda, el equilibrista le preguntó a su anfitrión:
- ¿Cree usted que yo pueda
cruzar esas caídas de agua?
Respondió el anfitrión: - ¡Claro que sí! ¡Lo acabo
de ver con mis propios ojos!
Le respondió el equilibrista: - Entonces súbase a
la carretilla.”
No me parece descabellada la idea del filósofo-teólogo danés
Søren Kierkegaard que sentía que un abismo separaba la razón humana de la fe y
que el supuesto creyente tenía que dar "un salto de fe" sobre ese
abismo para encontrar la salvación. Lo que quizás sea mas ilustrativo sea ese
subirse a la carretilla del ejemplo anterior y con ello expresaríamos esa total
dependencia de los brazos de Dios en la salvación.
Una salvación que no siendo
mérito nuestro, implicaría la valentía de aceptarla, pues el Reino de los
cielos se hace fuerte y solo los valientes lo arrebatan. Aunque es difícil
definir la “fe” como actitud integral del ser humano frente a Dios, si que
podemos distinguir a los que se esconden en las barricadas de la fe como
conjunto de verdades y olvidan que es don de Dios.
La fe del carbonero que
popularizó Unamuno, era una fe que se escondía en los doctores de la iglesia y
los dogmas.
La del francotirador es la del que siempre está expectante de los
errores de los demás y defendiendo a Dios, para ocultar su falta de fe.
La
verdadera fe no está relacionada sólo con las obras, la fe y la razón, - ese
largo e infructuoso debate histórico católico-protestante. No sólo está
relacionada la fe con la verdad y la libertad, sino que exige un sentido
direccional, una actitud obediencial desde el vaciamiento de todo lo humano
meritorio de la justicia de Dios frente al pecado.
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